domingo, diciembre 06, 2015

Mi alma muere


lunes, noviembre 09, 2015

Un saludo a Blanca

Este poema lo escribí hace varios años. Sin querer lo encontré y ahora lo doy a conocer. Se lo escribí a una amiga de mi hermana. Blanca Palacios, una buena persona.


lunes, marzo 16, 2015

Un acróstico diferente

Este es un acróstico diferente.Así me pidieron que lo realice Espero que lo disfruten. Y que descubran el nombre. Al que lo descubra, sí así lo desea, le escribiré un poema.


martes, febrero 03, 2015

Una historia

I

Me dirigí a una taberna que quedaba en el suburbio de la ciudad, quería disipar mi pena con el amnésico alcohol. Como era fin de semana, el local se encontraba abarrotado, por lo que tuve que compartir la mesa con un señor desconocido, de mediana edad. Al principio bebía mi vaso sin hacer mayor caso al caballero que estaba conmigo, pero el efecto del alcohol ingerido empezó a hacer estragos en mí y, sin darme cuenta, empecé a llorar. Me imagino que mi llanto debe de haber sido muy triste y lastimero, pues aquel hombre, muy amablemente, me ofreció un pañuelo para secar mis lágrimas. Le agradecí aquel gesto de amabilidad. El caballero, muy intrigado, me preguntó cuál era el motivo de mi pena. Entonces le empecé a narrar mi historia, mientras tomaba mi vaso de cerveza.

         -sabe, maestro (le dije maestro por ser una costumbre que adquirí al trabajar en un taller mecánico), este mundo no es para los escritores pobres. Somos incomprendidos. Las grandes editoriales sólo le hacen caso si usted es alguien de gran influencia o si es patrocinado por una persona o medio importante, caso contrario será ignorado. Las puertas se cerrarán y por más que golpee no se abrirán y muchos los considerarán loco, le preguntarán en qué Universidad ha estudiado, porque creen que la imaginación se enseña en las aulas. Ellos opinan que no puede haber escritores empíricos, parece que hay que tener título para ser escritor, una maestría, un doctorado o haber asistido a un taller de literatura dictado por algún afamado escritor de la localidad. Yo quise publicar un libro, para ello me dirigí a Quito a buscar a algún editor o editorial que se anime a apoyar a un escritor joven y desconocido, pues aquí, en Guayaquil, no hay muchas editoriales. Toqué puertas, pedí entrevistas, les presenté el libro, pero nadie se digno siquiera de leerlo. Me decían que no hay presupuesto, que para publicarlo tenía que estar contemplado en el programa de estudios de ese año escolar. No me quedó más remedio que coger mi libro y regresarme con los sueños destrozados-, y mientras decía esto, alzaba mi vaso y bebía mi cerveza.

El caballero aquel había escuchado con suma y especial atención el relato dado por mí, de aquel infructuoso viaje realizado. Sin elevar la voz, y en forma algo tristona, él también comenzó a hablar.

         -Aunque usted no lo crea, joven, yo comprendo muy bien su situación. Cómo usted notará en mi acento, no soy de aquí, soy de Norte América, y allá también fui incomprendido. Tengo que aceptar que hubieron muchas personas que reconocieron mi arte, pero así mismo, también hubieron personas que me atacaron por mis momentos de debilidad, olvidando o haciendo a un lado los grandes momentos de lucidez al realizar mis cuentos y poemas, lo cual es muy injusto y han afectado a mi salud.

Así prosiguió nuestra conversación, muy amena, bebiendo y contando mil y un anécdotas interesantes que han ocurrido en nuestras vidas. Luego de algunas horas nos tuvimos que retirar del bar, pues ya era muy tarde y ya iban a cerrar. Yo le propuse al caballero que, si deseaba, se quedara a dormir en mi casa, pues no quedaba muy lejos. El gentil hombre desistió con su característica cortesía, despidiéndose de mí. Pero antes de retirarse preguntó por mi nombre.

         -Jorsanmen-, le conteste, -¿y el suyo?

         -Edgar Allan Poe-, y al decir esto, dio media vuelta y desapareció en medio de una densa niebla que lo cubrió totalmente.

II

Después de algunos días de lo ocurrido en el bar, tuve que dirigirme a Mapasingue, porque iba a visitar a un amigo del colegio, que me había ofrecido un puesto de trabajo en una empresa que se dedica a hacer cajas de cartón y, como él era muy conocido de la jefa de personal, había hablado para que me contraten como mecánico de línea. Ya era mediodía y el sol canicular empezaba a golpear con gran fuerza, el olor a comida recién hecha escapaban de los restaurantes cercanos, que alistaban los almuerzos para los comensales de las empresas aledañas. Ingresé a uno de estos comedores y pedí un almuerzo, un delicioso aguado de pollo y de segundo un sabroso arroz con menestra y carne asada y una refrescante limonada. Me encontraba degustando el aguado cuando ingresó un señor al comedor, me quedó viendo y se acercó a la mesa.

-Disculpe, ¿usted es Jorsanmen?

Asentí con la cabeza.

Pensé que sería alguna persona enviada por mi amigo, para guiarme a la empresa, pero no era así. Se sentó a mi lado y pidió una limonada.

Nos pusimos a conversar, yo sentía que lo conocía de algún lugar, pero no recordaba de donde, ese acento español que tenía, la forma de hablar y de conjugar los verbos me indicaban que era una persona culta, quizás escribía, no sé, me daba esa sensación, esa premonición de estar conversando con alguien de gran intelecto. Conversamos de muchas cosas, era realmente muy ameno conversar con este señor.

         -tú escribes, verdad-, me dijo.

Me sorprendí, pues en medio de la charla nunca le dije que había escrito poemas, que sentía algo de frustración de no poder publicar un libro, pero que, de una u otra manera, algún día el mundo leería mis poemas y cuentos. Él me dijo que también escribe poemas y cuentos, muchos muy reconocidos, que al principio también le costó pero que no desmayó, por lo que me sugirió que lo siga intentando, que no desfallezca en mis sueños. Se levantó y se despidió de mí. Entonces recordé que no le había preguntado el nombre, tal vez yo habría leído uno de sus poemas, desde la puerta del restaurante dijo:

         -Gustavo Adolfo Becquer-, y se fue.

Salí presuroso del local, pero ya no estaba, la calle se encontraba vacía.

III

Estos acontecimientos me tenían trastornado, con los nervios destrozados, pensé que me estaba volviendo loco. Mi familia me aconsejo que visitara a un psiquiatra, para que me ayude a superar este trauma, seguramente, de mi subconsciente.

Decidí aceptar el consejo de mi familia y empecé a visitar a un galeno de cierto reconocimiento, para que me evalúe, me medique y esté al tanto de mi evolución. El doctor me pidió que le narrara todo lo sucedido hasta el momento, y le comencé a describir, con lujo de detalle, todo lo que ha acontecido desde el día que acudí al bar. Traté de no olvidarme de nada para que el profesional tenga una base real y verdadera de mi situación y así pueda manejar de la mejor manera el tratamiento a recibir. el galeno me indicó que lo que yo sufría era algún tipo de delirio, y me recomendó realizar terapia de grupo. Acepté su evaluación, y así fue que acudía cada miércoles al edificio, para realizar lo recomendado en la consulta. Éramos un grupo de cinco personas las que acudíamos a esta terapia. Nos presentamos y cada uno habló sobre su problemas, alguno sufría porque quiso ser músico y no pudo, otro trato de ser cantante profesional pero la voz no le deba, una deseaba ser ballestita pero tampoco lo consiguió, y entre tanto sueños frustrados conseguimos darnos apoyo y esto hizo que poco a poco mis locos anhelos se vayan minimizando. En una de estas reuniones llegó un sexto miembro, era una encantadora mujer, estaba casada, lo supe por el anillo que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda. Al presentarse, raramente no dijo su nombre y a todos se nos paso por alto preguntarle, comentó que ella escribía poemas, una colega pensé yo. Continuo la terapia con total normalidad, pero cuando nos retirábamos ella me pidió ir a una cafetería para tomarnos un café y conversar. Acepté gustoso, pues como indiqué, era una mujer muy bella, de unos gestos encantadores y manejaba el habla de una manera muy exquisita. Estuvimos algunas horas conversando, realmente tenía una conversación muy placentera. Ella me recitó algunos poemas escritos por ella, no sé por qué pero me parecía haber oído antes esos poemas, pero no recordaba donde. ella me pidió que recitara alguno de los míos y con mucho gusto lo hice. Luego ella se acerco a mí y me solicitó, me exigió, me recomendó que continuara escribiendo, que tarde o temprano las personas leerían mis poemas, y que a muchos les encantarían los mismos. Yo estaba muy contento y emocionado con sus palabras. Como ya era algo tarde, ella se despidió de mí, me ofrecí a acompañarla hasta su casa pero ella rehusó mi ofrecimiento, entonces le dije que ya que se iba por lo menos me diga su nombre.

         -Dolores Veintimilla de Galindo-, escuché decir, derramó una lágrima y se fue…

IV

Cansado de este tipo de encuentros, decidido a olvidarlo todo, tomé la decisión de dejar la ciudad, tal vez el cambio de ambiente me permita relajarme, olvidarme de estos acontecimientos, ver otra perspectiva de las cosas. Así que les pedí posada a unos tíos que tienen una hacienda en el campo. Ellos me recibieron gustosos y me indicaron que podía quedarme el tiempo que creyera conveniente. Como es lógico, yo los ayudaba en las tareas de la hacienda, pues no iba a estar ahí de manera gratuita, no es adecuado, pues a la larga, vivir a costilla de los demás termina cansando, además que el trabajo me hacía bien, ya que esto me distraía, me abstraía de mis pensamientos. Y luego de terminar la jornada, el cansancio de la mismas labores, labores a los que no me encontraba habituado, hacía que, al llegar a mis aposentos, tomara una ducha, y me dirigía a dormir; tanto era mi cansancio luego de las tareas encomendadas. Pero el cuerpo, a medida que pasa el tiempo se acostumbra, se adapta a las situaciones. En este caso, ya no sentía tanto cansancio como al principio, me acostumbre a despertarme al despuntar el alba, con el cantar del gallo, con el canto de los ruiseñores, de los jilgueros, con las canciones de Julio Jaramillo, de Olimpo Cárdenas, la canción de la Pacharaca, que siempre me causaba gracia escuchar. Luego del desayuno, una deliciosa taza de leche recién ordeñada, la verdad no existe mejor leche, un buen pan caliente y a trabajar. Araba, fumigaba, recolectaba, revisaba el tractor que no encendía correctamente, rozaba con el machete la mala hierba y un sin número de trabajos, y al finalizar, daba unas vueltas por la hacienda, pues ya no sentía tanto cansancio como antes, incluso algunos me veían más delgado, por el hecho de ya no tener una vida tan sedentaria como la tenía en la ciudad. En uno de esos paseos que realizaba, caminé tanto, que se me hizo algo tarde, ya el sol se había ocultado y las sombras cubrían el campo, un señor me hizo señas, parecía perdido, me acerqué y le pregunté si necesitaba auxilio, me dijo que quería llegar a una hacienda que quedaba a unos pocos kilómetros de donde nos encontrábamos, por lo que me ofrecí de guía. durante el trayecto, que duró alrededor de treinta minutos, con el caballero conversamos de muchos temas, sobre la soledad del campo, sobre lo hermosa que se veía la luna, sobre la nitidez con la que se observan las estrellas, los sonidos que emiten la multitud de aves e insectos, de las plantaciones, de las cosechas, de lo diferente que es vivir en la ajetreada ciudad, donde la gente vibra a mil por hora, mientras en el campo es tan parsimonioso y tranquilo, a veces hasta algo aburrido. Así pasamos hasta llegar al lugar, le indiqué el sitio y di media vuelta para retirarme hacia la hacienda de mis tíos, cuando este señor me dijo lo siguiente:
         -”Escribe, escribe siempre, aunque nadie reconozca tu obra, aunque nadie la valore o la aprecie, porque en escribir esta la perfección, te conviertes en Dios, pues tu les das vida a tus personajes, sus situaciones, sentimientos, lugares donde ellos viven, te conviertes en creador de un mundo que luego compartirás con las personas, con tus amigos, con el mundo”.

Yo me quedé asombrado, absorto en mis pensamientos, en todo el trayecto no conversamos sobre escritores, ni siquiera mencioné que había escrito algún poema o cuento, por lo que antes que se retirara le pregunté quién era.

         -Me llamo Medardo Ángel Silva, tú me conoces porque me has leído, y por eso yo también sé cuál es tu pensamiento, pues al leerme yo entraba en ti y conocía tus deseos, sueños e ilusiones. Por eso te pido que sigas escribiendo. Ningún escritor encontró la vida fácil, pocos han sido reconocidos en vida, sino que su obra se ha apreciado después de haber dejado este mundo, pero su nombre perdura en la memoria de las personas gracias a sus libros.

Al decir esto, se adentró en la espesa vegetación y desapareció.

V

Al notar que, ni en el campo, estos entes me dejaban tranquilo decidí regresar a la ciudad, total, vaya a donde vaya estas apariciones me estarían siguiendo. Me dediqué a trabajar en mi campo, que es la mecánica, no por nada me gradué en el Simón Bolívar. Después de escribir, este era mi segundo amor, que satisfacción me da cuando arreglamos una máquina y la dejamos funcionando, es una verdadera alegría. Cambiar piñones, rodamientos, ejes, tomarle muestras de aceite para comprobar si no existe algún desgaste en sus componentes, es una verdadera ciencia. Con mis amigos de la fábrica, luego del trabajos nos gustaba dar alguna vuelta por el malecón 2000, para observar al majestuoso Guayas, sentir la fresca brisa, subirnos a alguna canoa y dar una vuelta, ir a las Peñas y al Mirador del Cerro del Carmen, son placeres que nunca abandono. Un día de esos, que me daba una vuelta por el malecón observé a una persona, de aspecto extranjero, que observaba el monumento del hemiciclo de la rotonda. Al parecer no comprendía qué significaba esas personas dándose las manos. Le expliqué que ese monumento era en honor a los Libertadores Simón Bolívar y San Martín, de una entrevista que sostuvieron en la ciudad, y para perennizar este suceso se construyó este monumento. Se quedó admirado y me pidió que le siga mostrando más monumentos. Como en las propagandas que hace el municipio y el gobierno siempre nos piden que seamos corteses con los visitantes, accedí a guiarlo, esa sería mi buena obra del día como dicen los scouts. Mientras realizábamos las visitas a los monumentos y parques, me percaté de un pequeño detalle que tenía la fisonomía del extranjero, me di cuenta que tenía mutilada parte de la oreja izquierda, pero por respeto no le pregunté sobre este hecho. Lo que sí le pregunté era a lo que él se dedicaba, me comentó que se dedica a pintar, que al principio sus pinturas no se vendían, pero que con el transcurso de los años han captado la atención y ahora se venden por millones de dólares. Esto me extraño bastante, pues las ropas que tenía no parecían precisamente a las de un pintor de renombre internacional, pero en fin, hay tanto loco suelto por el mundo que uno más o uno menos ya no es raro. Este me preguntó a qué me dedicaba y le dije que trabajo de mecánico. No, me dijo, esa es tu profesión para alimentar el cuerpo, pero ese no es tu trabajo para alimentar tu alma, tu trabajo es escribir, así como el mío es pintar. Nunca te olvides de eso, nunca lo olvides. El extranjero se despidió de mí, pero antes de retirarse le pregunté quién era para apreciar sus cuadros y este me dijo “Vicent Van Gogh” y se fue del lugar.

Final

Estos sucesos finalmente me tenían hecho un mar de nervios, perdí mi trabajo, no salía de mi habitación, no podía conciliar el sueño. Como ya tenía algunos días sin dormir, consulté con un doctor, el cual me recetó unos somníferos para poder descansar. Al quedarme dormido empecé a soñar, soñé que me encontraba en una sala con una mesa redonda en medio, con seis sillas, procedí a sentarme en una y me dispuse a esperar, no me quedaba de otra. Al poco tiempo empezaron a llegar los entes que se me aparecieron en los sucesos anteriormente nombrados y procedieron a sentarse en las sillas vacías. Ellos empezaron a hablarme, empezaron a darme consejos, me hicieron reflexionar, me hicieron comprender. el verdadero artista no es el que desea fama o fortuna, sino el que ofrece su arte, su intelecto, sus sentimientos, su imaginación, sus sueños al público, pues el verdadero artista lo hace por amor al arte y no por la pasión al dinero.

Cuando terminó la acción del somnífero desperté y lo recordé todo. Me sentí aliviado, como si una enorme roca me fuera quitada del pecho. Desde ese día escribo por afición a mis amigos y compañeros que me solicitan algún poema o acróstico, y ellos gustosos leen mis poemas y cuentos.

“A menudo me siento muy rico, no porque
posea dinero, pero rico de todos modos,
porque he hallado mi trabajo; algo a lo
que puedo entregarme en cuerpo y alma, y
que da vitalidad y sentido a la vida”.
(Vincent Van Gogh)