domingo, diciembre 06, 2015
miércoles, noviembre 25, 2015
lunes, noviembre 09, 2015
Un saludo a Blanca
Este poema lo escribí hace varios años. Sin querer lo encontré y ahora lo doy a conocer. Se lo escribí a una amiga de mi hermana. Blanca Palacios, una buena persona.
sábado, octubre 24, 2015
lunes, septiembre 28, 2015
lunes, septiembre 07, 2015
martes, septiembre 01, 2015
lunes, agosto 17, 2015
miércoles, agosto 05, 2015
martes, julio 14, 2015
domingo, julio 05, 2015
martes, mayo 12, 2015
domingo, mayo 03, 2015
jueves, abril 16, 2015
miércoles, abril 01, 2015
lunes, marzo 16, 2015
Un acróstico diferente
Este es un acróstico diferente.Así me pidieron que lo realice Espero que lo disfruten. Y que descubran el nombre. Al que lo descubra, sí así lo desea, le escribiré un poema.
domingo, marzo 01, 2015
miércoles, febrero 11, 2015
martes, febrero 03, 2015
Una historia
I
Me dirigí a una taberna que quedaba en el suburbio de la ciudad, quería
disipar mi pena con el amnésico alcohol. Como era fin de semana, el local se
encontraba abarrotado, por lo que tuve que compartir la mesa con un señor
desconocido, de mediana edad. Al principio bebía mi vaso sin hacer mayor caso
al caballero que estaba conmigo, pero el efecto del alcohol ingerido empezó a
hacer estragos en mí y, sin darme cuenta, empecé a llorar. Me imagino que mi
llanto debe de haber sido muy triste y lastimero, pues aquel hombre, muy
amablemente, me ofreció un pañuelo para secar mis lágrimas. Le agradecí aquel
gesto de amabilidad. El caballero, muy intrigado, me preguntó cuál era el
motivo de mi pena. Entonces le empecé a narrar mi historia, mientras tomaba mi
vaso de cerveza.
-sabe, maestro (le dije
maestro por ser una costumbre que adquirí al trabajar en un taller mecánico),
este mundo no es para los escritores pobres. Somos incomprendidos. Las grandes
editoriales sólo le hacen caso si usted es alguien de gran influencia o si es
patrocinado por una persona o medio importante, caso contrario será ignorado. Las
puertas se cerrarán y por más que golpee no se abrirán y muchos los
considerarán loco, le preguntarán en qué Universidad ha estudiado, porque creen
que la imaginación se enseña en las aulas. Ellos opinan que no puede haber
escritores empíricos, parece que hay que tener título para ser escritor, una
maestría, un doctorado o haber asistido a un taller de literatura dictado por
algún afamado escritor de la localidad. Yo quise publicar un libro, para ello
me dirigí a Quito a buscar a algún editor o editorial que se anime a apoyar a
un escritor joven y desconocido, pues aquí, en Guayaquil, no hay muchas
editoriales. Toqué puertas, pedí entrevistas, les presenté el libro, pero nadie
se digno siquiera de leerlo. Me decían que no hay presupuesto, que para
publicarlo tenía que estar contemplado en el programa de estudios de ese año
escolar. No me quedó más remedio que coger mi libro y regresarme con los sueños
destrozados-, y mientras decía esto, alzaba mi vaso y bebía mi cerveza.
El caballero aquel había escuchado con suma y especial atención el
relato dado por mí, de aquel infructuoso viaje realizado. Sin elevar la voz, y
en forma algo tristona, él también comenzó a hablar.
-Aunque usted no lo crea,
joven, yo comprendo muy bien su situación. Cómo usted notará en mi acento, no
soy de aquí, soy de Norte América, y allá también fui incomprendido. Tengo que
aceptar que hubieron muchas personas que reconocieron mi arte, pero así
mismo, también hubieron personas que me atacaron por mis momentos de debilidad,
olvidando o haciendo a un lado los grandes momentos de lucidez al realizar mis
cuentos y poemas, lo cual es muy injusto y han afectado a mi salud.
Así prosiguió nuestra conversación, muy amena, bebiendo y contando mil y
un anécdotas interesantes que han ocurrido en nuestras vidas. Luego de algunas
horas nos tuvimos que retirar del bar, pues ya era muy tarde y ya iban a
cerrar. Yo le propuse al caballero que, si deseaba, se quedara a dormir en mi
casa, pues no quedaba muy lejos. El gentil hombre desistió con su
característica cortesía, despidiéndose de mí. Pero antes de retirarse preguntó
por mi nombre.
-Jorsanmen-, le conteste,
-¿y el suyo?
-Edgar Allan Poe-, y al
decir esto, dio media vuelta y desapareció en medio de una densa niebla que lo
cubrió totalmente.
II
Después de algunos días de lo ocurrido en el bar, tuve que dirigirme a
Mapasingue, porque iba a visitar a un amigo del colegio, que me había ofrecido
un puesto de trabajo en una empresa que se dedica a hacer cajas de cartón y,
como él era muy conocido de la jefa de personal, había hablado para que me
contraten como mecánico de línea. Ya era mediodía y el sol canicular empezaba a
golpear con gran fuerza, el olor a comida recién hecha escapaban de los
restaurantes cercanos, que alistaban los almuerzos para los comensales de las
empresas aledañas. Ingresé a uno de estos comedores y pedí un almuerzo, un
delicioso aguado de pollo y de segundo un sabroso arroz con menestra y carne
asada y una refrescante limonada. Me encontraba degustando el aguado cuando
ingresó un señor al comedor, me quedó viendo y se acercó a la mesa.
-Disculpe, ¿usted es Jorsanmen?
Asentí con la cabeza.
Pensé que sería alguna persona enviada por mi amigo, para guiarme a la
empresa, pero no era así. Se sentó a mi lado y pidió una limonada.
Nos pusimos a conversar, yo sentía que lo conocía de algún lugar, pero
no recordaba de donde, ese acento español que tenía, la forma de hablar y de
conjugar los verbos me indicaban que era una persona culta, quizás escribía, no
sé, me daba esa sensación, esa premonición de estar conversando con alguien de
gran intelecto. Conversamos de muchas cosas, era realmente muy ameno conversar
con este señor.
-tú escribes, verdad-, me
dijo.
Me sorprendí, pues en medio de la charla nunca le dije que había escrito
poemas, que sentía algo de frustración de no poder publicar un libro, pero que,
de una u otra manera, algún día el mundo leería mis poemas y cuentos. Él me
dijo que también escribe poemas y cuentos, muchos muy reconocidos, que al
principio también le costó pero que no desmayó, por lo que me sugirió que lo
siga intentando, que no desfallezca en mis sueños. Se levantó y se despidió de
mí. Entonces recordé que no le había preguntado el nombre, tal vez yo habría
leído uno de sus poemas, desde la puerta del restaurante dijo:
-Gustavo Adolfo Becquer-,
y se fue.
Salí presuroso del local, pero ya no estaba, la calle se encontraba
vacía.
III
Estos acontecimientos me tenían trastornado, con los nervios
destrozados, pensé que me estaba volviendo loco. Mi familia me aconsejo que
visitara a un psiquiatra, para que me ayude a superar este trauma, seguramente,
de mi subconsciente.
Decidí aceptar el consejo de mi familia y empecé a visitar a un galeno
de cierto reconocimiento, para que me evalúe, me medique y esté al tanto de mi
evolución. El doctor me pidió que le narrara todo lo sucedido hasta el momento,
y le comencé a describir, con lujo de detalle, todo lo que ha acontecido desde
el día que acudí al bar. Traté de no olvidarme de nada para que el profesional
tenga una base real y verdadera de mi situación y así pueda manejar de la mejor
manera el tratamiento a recibir. el galeno me indicó que lo que yo sufría era
algún tipo de delirio, y me recomendó realizar terapia de grupo. Acepté su
evaluación, y así fue que acudía cada miércoles al edificio, para realizar lo
recomendado en la consulta. Éramos un grupo de cinco personas las que acudíamos
a esta terapia. Nos presentamos y cada uno habló sobre su problemas, alguno
sufría porque quiso ser músico y no pudo, otro trato de ser cantante
profesional pero la voz no le deba, una deseaba ser ballestita pero tampoco lo
consiguió, y entre tanto sueños frustrados conseguimos darnos apoyo y esto hizo
que poco a poco mis locos anhelos se vayan minimizando. En una de estas
reuniones llegó un sexto miembro, era una encantadora mujer, estaba casada, lo
supe por el anillo que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda. Al
presentarse, raramente no dijo su nombre y a todos se nos paso por alto
preguntarle, comentó que ella escribía poemas, una colega pensé yo. Continuo la
terapia con total normalidad, pero cuando nos retirábamos ella me pidió ir a
una cafetería para tomarnos un café y conversar. Acepté gustoso, pues como
indiqué, era una mujer muy bella, de unos gestos encantadores y manejaba el
habla de una manera muy exquisita. Estuvimos algunas horas conversando,
realmente tenía una conversación muy placentera. Ella me recitó algunos poemas
escritos por ella, no sé por qué pero me parecía haber oído antes esos poemas,
pero no recordaba donde. ella me pidió que recitara alguno de los míos y con
mucho gusto lo hice. Luego ella se acerco a mí y me solicitó, me exigió, me
recomendó que continuara escribiendo, que tarde o temprano las personas leerían
mis poemas, y que a muchos les encantarían los mismos. Yo estaba muy contento y
emocionado con sus palabras. Como ya era algo tarde, ella se despidió de mí, me
ofrecí a acompañarla hasta su casa pero ella rehusó mi ofrecimiento, entonces
le dije que ya que se iba por lo menos me diga su nombre.
-Dolores Veintimilla de Galindo-,
escuché decir, derramó una lágrima y se fue…
IV
Cansado de este tipo de encuentros, decidido a olvidarlo todo, tomé la
decisión de dejar la ciudad, tal vez el cambio de ambiente me permita
relajarme, olvidarme de estos acontecimientos, ver otra perspectiva de las
cosas. Así que les pedí posada a unos tíos que tienen una hacienda en el campo.
Ellos me recibieron gustosos y me indicaron que podía quedarme el tiempo que
creyera conveniente. Como es lógico, yo los ayudaba en las tareas de la
hacienda, pues no iba a estar ahí de manera gratuita, no es adecuado, pues a la
larga, vivir a costilla de los demás termina cansando, además que el trabajo me
hacía bien, ya que esto me distraía, me abstraía de mis pensamientos. Y luego
de terminar la jornada, el cansancio de la mismas labores, labores a los que no
me encontraba habituado, hacía que, al llegar a mis aposentos, tomara una
ducha, y me dirigía a dormir; tanto era mi cansancio luego de las tareas
encomendadas. Pero el cuerpo, a medida que pasa el tiempo se acostumbra, se
adapta a las situaciones. En este caso, ya no sentía tanto cansancio como al
principio, me acostumbre a despertarme al despuntar el alba, con el cantar del
gallo, con el canto de los ruiseñores, de los jilgueros, con las canciones de
Julio Jaramillo, de Olimpo Cárdenas, la canción de la Pacharaca, que siempre me
causaba gracia escuchar. Luego del desayuno, una deliciosa taza de leche recién
ordeñada, la verdad no existe mejor leche, un buen pan caliente y a trabajar. Araba,
fumigaba, recolectaba, revisaba el tractor que no encendía correctamente,
rozaba con el machete la mala hierba y un sin número de trabajos, y al
finalizar, daba unas vueltas por la hacienda, pues ya no sentía tanto cansancio
como antes, incluso algunos me veían más delgado, por el hecho de ya no tener
una vida tan sedentaria como la tenía en la ciudad. En uno de esos paseos que
realizaba, caminé tanto, que se me hizo algo tarde, ya el sol se había ocultado
y las sombras cubrían el campo, un señor me hizo señas, parecía perdido, me
acerqué y le pregunté si necesitaba auxilio, me dijo que quería llegar a una hacienda
que quedaba a unos pocos kilómetros de donde nos encontrábamos, por lo que me
ofrecí de guía. durante el trayecto, que duró alrededor de treinta minutos, con
el caballero conversamos de muchos temas, sobre la soledad del campo, sobre lo
hermosa que se veía la luna, sobre la nitidez con la que se observan las
estrellas, los sonidos que emiten la multitud de aves e insectos, de las
plantaciones, de las cosechas, de lo diferente que es vivir en la ajetreada
ciudad, donde la gente vibra a mil por hora, mientras en el campo es tan
parsimonioso y tranquilo, a veces hasta algo aburrido. Así pasamos hasta llegar
al lugar, le indiqué el sitio y di media vuelta para retirarme hacia la
hacienda de mis tíos, cuando este señor me dijo lo siguiente:
-”Escribe, escribe
siempre, aunque nadie reconozca tu obra, aunque nadie la valore o la aprecie,
porque en escribir esta la perfección, te conviertes en Dios, pues tu les das
vida a tus personajes, sus situaciones, sentimientos, lugares donde ellos
viven, te conviertes en creador de un mundo que luego compartirás con las
personas, con tus amigos, con el mundo”.
Yo me quedé asombrado, absorto en mis pensamientos, en todo el trayecto no
conversamos sobre escritores, ni siquiera mencioné que había escrito algún
poema o cuento, por lo que antes que se retirara le pregunté quién era.
-Me llamo Medardo Ángel
Silva, tú me conoces porque me has leído, y por eso yo también sé cuál es tu
pensamiento, pues al leerme yo entraba en ti y conocía tus deseos, sueños e
ilusiones. Por eso te pido que sigas escribiendo. Ningún escritor encontró la vida
fácil, pocos han sido reconocidos en vida, sino que su obra se ha apreciado
después de haber dejado este mundo, pero su nombre perdura en la memoria de las
personas gracias a sus libros.
Al decir esto, se adentró en la espesa vegetación y desapareció.
V
Al notar que, ni en el campo, estos entes me dejaban tranquilo decidí
regresar a la ciudad, total, vaya a donde vaya estas apariciones me estarían
siguiendo. Me dediqué a trabajar en mi campo, que es la mecánica, no por nada
me gradué en el Simón Bolívar. Después de escribir, este era mi segundo amor,
que satisfacción me da cuando arreglamos una máquina y la dejamos funcionando,
es una verdadera alegría. Cambiar piñones, rodamientos, ejes, tomarle muestras
de aceite para comprobar si no existe algún desgaste en sus componentes, es una
verdadera ciencia. Con mis amigos de la fábrica, luego del trabajos nos gustaba
dar alguna vuelta por el malecón 2000, para observar al majestuoso Guayas,
sentir la fresca brisa, subirnos a alguna canoa y dar una vuelta, ir a las
Peñas y al Mirador del Cerro del Carmen, son placeres que nunca abandono. Un
día de esos, que me daba una vuelta por el malecón observé a una persona, de
aspecto extranjero, que observaba el monumento del hemiciclo de la rotonda. Al
parecer no comprendía qué significaba esas personas dándose las manos. Le
expliqué que ese monumento era en honor a los Libertadores Simón Bolívar y San
Martín, de una entrevista que sostuvieron en la ciudad, y para perennizar este
suceso se construyó este monumento. Se quedó admirado y me pidió que le siga
mostrando más monumentos. Como en las propagandas que hace el municipio y el
gobierno siempre nos piden que seamos corteses con los visitantes, accedí a
guiarlo, esa sería mi buena obra del día como dicen los scouts. Mientras realizábamos
las visitas a los monumentos y parques, me percaté de un pequeño detalle que
tenía la fisonomía del extranjero, me di cuenta que tenía mutilada parte de la
oreja izquierda, pero por respeto no le pregunté sobre este hecho. Lo que sí le
pregunté era a lo que él se dedicaba, me comentó que se dedica a pintar, que al
principio sus pinturas no se vendían, pero que con el transcurso de los años
han captado la atención y ahora se venden por millones de dólares. Esto me
extraño bastante, pues las ropas que tenía no parecían precisamente a las de un
pintor de renombre internacional, pero en fin, hay tanto loco suelto por el
mundo que uno más o uno menos ya no es raro. Este me preguntó a qué me dedicaba
y le dije que trabajo de mecánico. No, me dijo, esa es tu profesión para
alimentar el cuerpo, pero ese no es tu trabajo para alimentar tu alma, tu
trabajo es escribir, así como el mío es pintar. Nunca te olvides de eso, nunca
lo olvides. El extranjero se despidió de mí, pero antes de retirarse le pregunté
quién era para apreciar sus cuadros y este me dijo “Vicent Van Gogh” y se fue
del lugar.
Final
Estos sucesos finalmente me tenían hecho un mar de nervios, perdí mi
trabajo, no salía de mi habitación, no podía conciliar el sueño. Como ya tenía algunos días sin dormir, consulté con un
doctor, el cual me recetó unos somníferos para poder descansar. Al quedarme
dormido empecé a soñar, soñé que me encontraba en una sala con una mesa redonda
en medio, con seis sillas, procedí a sentarme en una y me dispuse a esperar, no
me quedaba de otra. Al poco tiempo empezaron a llegar los entes que se me
aparecieron en los sucesos anteriormente nombrados y procedieron a sentarse en
las sillas vacías. Ellos empezaron a hablarme, empezaron a darme consejos, me
hicieron reflexionar, me hicieron comprender. el verdadero artista no es el que
desea fama o fortuna, sino el que ofrece su arte, su intelecto, sus
sentimientos, su imaginación, sus sueños al público, pues el verdadero artista
lo hace por amor al arte y no por la pasión al dinero.
Cuando terminó la acción del somnífero desperté y lo recordé todo. Me
sentí aliviado, como si una enorme roca me fuera quitada del pecho. Desde ese
día escribo por afición a mis amigos y compañeros que me solicitan algún poema
o acróstico, y ellos gustosos leen mis poemas y cuentos.
“A menudo me siento muy rico, no porque
posea dinero, pero rico de todos modos,
porque he hallado mi trabajo; algo a lo
que puedo entregarme en cuerpo y alma, y
que da vitalidad y sentido a la vida”.
(Vincent Van Gogh)
sábado, enero 31, 2015
Quito, luz de América (Acróstico)
Ubicación: Guayaquil, Guayas, Ecuador
Venezuela 2412, Guayaquil 090306, Ecuador
jueves, enero 15, 2015
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